
Pichón Asado a Dos Cocciones con Salsa de Cacao y Puré de Apio-Nabo
El pichón de corral es el ave más apreciada de la cocina francesa clásica, la única que se sirve rosada porque su carne, oscura y rica en mioglobina, sabe más a caza que a pollo. Aquí se cocina en dos tiempos opuestos, como manda su anatomía: la pechuga marcada en tres minutos a fuego máximo y el muslo confitado noventa minutos a 75 grados en grasa de pato. Los une una salsa de fondo de ave reducido con oporto y chocolate al 70 %, una idea de raíz catalana y mexicana que aporta taninos amargos en lugar de dulzor. Debajo, un puré de apio-nabo tamizado que suaviza toda esa intensidad.
Preparación Paso a Paso
8 pasos · Día anterior (12h marinada) + 2h cocinaPaso 01
Pesa y ordena todo antes de empezar: 2 pichones de 400 g, 500 g de apio-nabo, 200 ml de fondo oscuro, 80 ml de oporto, 400 ml de grasa de pato, 100 ml de nata, 40 g de mantequilla y 30 g de chocolate. Coloca el pichón de espaldas y, con un cuchillo de deshuesar de 10-12 cm, entra pegado al esternón donde el cuello se une al pecho. Baja siguiendo el hueso, con el filo rozándolo siempre, hasta la articulación del ala y corta. Separa los muslos doblándolos hacia fuera. Reserva las carcasas.
Consejo: El esternón del pichón es una quilla muy prominente y todo el rendimiento del despiece depende de no separarse de ella: cada milímetro que el filo se aleja del hueso es carne que dejas en la carcasa, y en un ave de 400 g esos gramos se notan en el plato. Por eso hace falta una hoja fina y flexible de 10-12 cm, capaz de doblarse siguiendo la curva; con un cuchillo de cocinero rígido resulta imposible. Pechuga y muslo son además dos carnes distintas: la primera es músculo casi sin tejido conjuntivo, y el segundo, músculo de trabajo cargado de colágeno. De esa diferencia anatómica nacen las dos cocciones.
Paso 02
La víspera, sala las pechugas y los muslos en boles separados con 1 g de sal fina por cada 100 g de carne y pimienta recién molida. Reparte entre ambos 1 rama de tomillo, 1 hoja de laurel, 1 diente de ajo aplastado y 1 anís estrellado partido. Añade solo a las pechugas los 30 ml de oporto. Cubre con film a contacto, tocando la carne y sin cámara de aire, y refrigera entre 12 y 18 horas. Sácalos del frío 30 minutos antes de cocinar.
Consejo: Salar con doce horas de antelación no es sazonar, es una salmuera seca. La sal atrae agua a la superficie, se disuelve en ella y esa salmuera vuelve a entrar por difusión; de camino disuelve parcialmente las proteínas miofibrilares, que pasan a retener más agua durante la cocción. Una pechuga salada la víspera pierde bastante menos peso que otra salada en el último momento. El oporto va solo en las pechugas porque sus azúcares aceleran el dorado en la sartén; en los muslos, que se confitan y luego se marcan, esos mismos azúcares se carbonizarían y dejarían un amargor negro imposible de disimular.
Paso 03
Escurre los muslos de la marinada y sécalos muy bien con papel. Calienta los 400 ml de grasa de pato en un cazo justo de tamaño hasta 75 °C, punto en el que humea apenas y no sube ni una burbuja. Añade 1 rama de tomillo, 1 hoja de laurel, 1 diente de ajo y 1 anís estrellado. Sumerge los muslos por completo y confítalos 90 minutos entre 73 y 77 °C, ajustando el fuego cada 10 minutos, hasta que la carne ceda al dedo y se suelte del hueso sin resistencia.
Consejo: El colágeno del muslo empieza a hidrolizarse en gelatina por encima de los 60-65 °C, pero el proceso solo avanza a buen ritmo a partir de 70 °C; los 75 °C son el punto donde esa conversión progresa sin que las fibras musculares se contraigan de más. Si te vas a 90 °C, el músculo aprieta, expulsa el agua y la carne queda fibrosa y seca aunque esté flotando en grasa. La grasa, por cierto, no fríe nada: solo transmite el calor de forma uniforme y aísla del oxígeno, frenando la oxidación. Y el termómetro no es opcional, porque a simple vista 75 y 95 grados se parecen demasiado.
Paso 04
Pela los 500 g de apio-nabo hasta llegar a la carne blanca y córtalo en dados de 3 cm. Cuécelos en abundante agua salada hirviendo 20-25 minutos, hasta que el cuchillo entre sin resistencia. Escúrrelos y devuélvelos a la cazuela vacía a fuego suave 2-3 minutos, removiendo hasta que veas salir vapor. Pásalos por pasapurés, incorpora la nata caliente y los 30 g de mantequilla fría en dados, y tamiza. Sazona y mantén a 65 °C tapado a piel.
Consejo: El pasapurés corta y empuja las células enteras a través de la placa; la batidora las revienta y libera al medio los gránulos de almidón ya hinchados, que forman una masa elástica y pegajosa que no hay manera de arreglar. Es exactamente lo que le pasa a un puré de patata batido a máquina. Secar el apio-nabo en la cazuela caliente también cuenta: si queda agua de cocción tendrás que compensar con más nata y el puré perderá sabor y quedará aguado. La mantequilla entra fría y en dados para que la grasa se disperse en gotas finas en lugar de separarse, y de ahí el brillo sedoso final.
Paso 05
En un cazo de fondo grueso reduce los 200 ml de fondo oscuro con los 50 ml de oporto restantes a fuego medio-alto y sin tapar, entre 8 y 10 minutos, hasta que nape la cuchara: al pasar el dedo por el dorso, el surco debe tardar 3 o 4 segundos en cerrarse. Retira del fuego, espera 30 segundos y añade los 30 g de chocolate picado muy fino y la cucharadita de cacao. Remueve en espiral hasta que quede oscura y brillante. No añadas todavía la mantequilla.
Consejo: Lo que hace que la salsa nape es la gelatina del fondo, colágeno de huesos ya hidrolizado: al concentrarse por evaporación aumenta la viscosidad y recubre la cuchara. El chocolate al 70 % no aporta dulzor, sino taninos, teobromina y polifenoles amargos que alargan el fondo de caza y le dan longitud en boca. Se incorpora fuera del fuego y tras esos 30 segundos de espera porque, por encima de unos 55 °C, la manteca de cacao se separa y la salsa se rompe en hilos grasos. La mantequilla se deja para el final por lo mismo: sostenida caliente veinte minutos, la emulsión colapsa y aparecen charcos brillantes.
Paso 06
Escurre las pechugas y sécalas muy bien con papel. Salpiméntalas justo antes de echarlas. Calienta una sartén de hierro o acero a fuego máximo durante 4-5 minutos, hasta que humee, sin añadir aceite: la piel tiene grasa suficiente. Colócalas con la piel hacia abajo y no las muevas durante 3 minutos exactos, hasta que la piel esté caoba y se despegue sola. Gíralas y marca 60 segundos. Retíralas a 52 °C y déjalas reposar 3-4 minutos sobre rejilla.
Consejo: Los 52 °C al retirar son el número que define el plato. La miosina cuaja hacia los 50 °C y da estructura a la carne, mientras que la actina no lo hace hasta los 65-70 °C, y mientras siga sin cuajar la pechuga retiene su agua y se mantiene jugosa. Superado ese umbral las fibras se contraen y pueden perder cerca de un tercio de su peso en jugos: el interior vira a gris y no existe forma de recuperarlo. Durante el reposo la temperatura sube todavía tres o cuatro grados por inercia térmica, así que hay que sacarla antes del punto deseado. La rejilla evita que la base se siga cocinando contra la tabla.
Paso 07
Saca los muslos de la grasa con pinzas y sécales bien la piel. Calienta una sartén limpia a fuego fuerte y colócalos con la piel hacia abajo, sin aceite, 2-3 minutos sin moverlos, hasta que esté dorada y suene seca al golpearla. A la vez, con la salsa fuera del fuego, incorpora los 10 g de mantequilla fría en dados moviendo el cazo con energía hasta que brille. Filetea las pechugas reposadas en diagonal, en 3 o 4 láminas de 1 cm.
Consejo: Aquí conviven las dos cocciones del título, opuestas por necesidad: el muslo es músculo de trabajo cargado de colágeno que solo se ablanda con horas de calor suave, y la pechuga es músculo magro que se arruina en cuanto pasa de 60 °C. El montado final de la salsa exige el cazo fuera del fuego y por debajo de unos 60 °C, porque la mantequilla es una emulsión de agua en grasa y, al fundirse despacio dentro del líquido, sus cristales se dispersan y aportan brillo y cuerpo. Si la echas con la salsa hirviendo se funde de golpe, la emulsión no llega a formarse y la grasa flota separada en la superficie.
Paso 08
Calienta los platos en el horno a 60 °C durante al menos 5 minutos. Coloca una quenelle generosa de puré de apio-nabo ligeramente desplazada del centro y apoya sobre ella las láminas de pechuga en abanico, inclinadas para que se vea el rosado del interior. Sitúa el muslo crujiente al lado. Vierte la salsa alrededor, nunca sobre la carne. Termina con 3 o 4 cristales de sal Maldon y una hoja de tomillo, y sirve antes de 90 segundos.
Consejo: Una pechuga de pichón pesa apenas setenta u ochenta gramos y no tiene masa suficiente para conservar el calor: sobre un plato frío pierde diez grados en menos de un minuto, y a esa temperatura la grasa se apelmaza y el rosado se percibe crudo en lugar de jugoso. Los 60 °C del plato bastan, porque por encima seguiría cocinando la carne desde abajo. La sal Maldon se pone en el último segundo porque sus escamas son higroscópicas y se disuelven en la humedad de la superficie: puestas con antelación desaparecen y solo dejan la carne mojada, perdiendo el crujido salino. Y la salsa va alrededor para no reblandecer la piel.
Gevrey-Chambertin Village
Borgoña, Francia
Los taninos suaves del Pinot Noir de Gevrey complementan la intensidad del pichón sin aplastar el cacao
Bierzo Mencía
El Bierzo, España
La frescura mineral de la Mencía y sus notas de frutos rojos contrastan con la salsa oscura de cacao
Côte-Rôtie — E. Guigal La Landonne o René Rostaing
Ródano Norte, Francia
La Syrah del Ródano Norte con sus notas de carne ahumada, pimienta negra, violeta y cuero complementa el pichón asado a dos cocciones y la salsa de cacao; la rotundona (terpeno de pimienta) resuena con el cacao amargo. Varietal (Syrah) y región distintos al Pinot Noir borgoñón y a la Mencía berciana.
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