
Corzo a la Cazadora con Setas y Enebro
El corzo a la cazadora traslada al monte español el estilo francés a la chasseur, aquel que resolvía la pieza recién cobrada con lo que daba el propio bosque: setas, vino tinto, chalota y hierbas. La firma del plato son las bayas de enebro, cuyo aroma resinoso y balsámico acompaña a la carne de caza desde mucho antes de que existiera recetario escrito alguno. El corzo, la más fina y también la más magra de las carnes de caza mayor, pide un guiso relativamente corto para lo que es la caza y muy vigilado de temperatura, porque no tiene grasa que perdone los excesos de fuego.
Preparación Paso a Paso
8 pasos · 3 hPaso 01
Seca 800 g de corzo troceado en dados de 4 cm con papel de cocina y salpiméntalo con 10 g de sal y 3 g de pimienta negra. Pica 200 g de chalota muy fina. Limpia 300 g de setas de bosque con un pincel y un paño húmedo, sin sumergirlas nunca en agua, y córtalas en trozos grandes. Machaca 8 bayas de enebro con el lomo del cuchillo hasta agrietarlas. Ten a mano 400 ml de vino tinto, 300 ml de caldo, 15 g de harina y 60 ml de aceite.
Consejo: Las setas no se lavan bajo el grifo: su carne es un entramado de hifas muy poroso que absorbe agua con enorme rapidez, y toda esa agua hay que evaporarla después en la cocotte antes de que puedan dorarse, lo que alarga el salteado y las deja fofas. Con pincel y paño húmedo basta. Las bayas de enebro se machacan y no se muelen porque sus aceites esenciales, ricos en alfa-pineno y mirceno, están alojados en glándulas internas: agrietar la baya los va liberando poco a poco durante las dos horas de guiso, mientras que molerlas los suelta de golpe y el plato sale resinoso y amargo.
Paso 02
Calienta los 60 ml de aceite en la cocotte a fuego fuerte hasta que humee ligeramente. Dora los 800 g de corzo en tres tandas, 2 minutos por cara y sin que los trozos se toquen, dejando el interior aún crudo. Retíralos en cuanto la superficie tenga una costra marrón uniforme y antes de que se contraigan de forma visible. Reserva en un plato con sus jugos y no limpies el fondo de la cocotte, donde deben quedar los restos tostados.
Consejo: El corzo apenas llega al 2% de grasa intramuscular, muy por debajo del cordero o del cerdo, y esa es la razón de que se dore rápido y ni un minuto de más: no hay grasa que se funda y compense el agua que las fibras expulsan al contraerse por encima de los 65 °C. Dos minutos por cara bastan para construir la costra de Maillard, que es lo único que se busca en este paso, porque el guiso posterior hará el resto del trabajo. La señal de haberse pasado es que los trozos encogen visiblemente y se curvan: ahí ya han perdido un jugo que las dos horas de cocción no devolverán.
Paso 03
Baja a fuego medio y pocha los 200 g de chalota durante 8 minutos, hasta que estén transparentes. Sube el fuego al máximo, añade los 300 g de setas y saltéalas de 8 a 10 minutos sin sal y sin removerlas en exceso. Primero soltarán agua y la cocotte se llenará de líquido; espera a que se evapore del todo y las setas empiecen a chisporrotear y a dorarse por los bordes. Espolvorea entonces los 15 g de harina y rehógala 2 minutos.
Consejo: Las setas son agua en un 90%, y mientras esa agua siga en la cocotte la temperatura no pasa de 100 °C y no hay dorado posible: por eso hay que dejarlas soltar y no perder la paciencia cuando parezca que se están cociendo en lugar de saltearse. Solo al irse el líquido empieza el tostado que concentra el guanosín monofosfato y el glutamato responsables de su intensidad. La sal se deja para el final porque adelantaría la salida de agua por ósmosis y alargaría la fase húmeda. Los 2 minutos de harina tampoco son opcionales: cruda sabe a engrudo, y tostada se dextriniza y aporta color y aroma.
Paso 04
Añade las 8 bayas de enebro machacadas, 2 hojas de laurel y 4 ramas de tomillo y remueve 1 minuto para que la grasa caliente extraiga sus aromas. Devuelve el corzo con sus jugos, vierte los 400 ml de vino tinto y raspa el fondo con cuchara de madera hasta despegar los restos tostados. Sube el fuego y deja reducir destapado entre 8 y 10 minutos, hasta que el volumen baje a la mitad y el vapor deje de oler a alcohol punzante.
Consejo: Añadir el enebro, el laurel y el tomillo a la grasa caliente antes que el líquido no es un capricho de orden: los terpenos que forman su aroma, alfa-pineno, cineol o timol, son liposolubles, de modo que se disuelven mucho mejor en el aceite que en un caldo acuoso y desde ahí se reparten luego por toda la salsa. Un minuto es suficiente y no conviene alargarlo, porque por encima de 140 °C esos mismos compuestos se degradan y dejan amargor. La reducción del vino a la mitad concentra sus azúcares y ácidos y elimina el picor del etanol, que si permanece anestesia el paladar y tapa el enebro.
Paso 05
Añade los 300 ml de caldo de carne caliente, que debe cubrir la carne casi por completo, tapa y guisa a fuego muy suave, o en el horno a 150 °C, entre hora y media y 2 horas. Mantén el líquido temblando en torno a los 85 °C, sin borbotones en ningún momento. Remueve cada 30 minutos. Está listo cuando un trozo se deje atravesar por la punta del cuchillo sin resistencia y se deshaga al presionarlo con el dorso de una cuchara.
Consejo: El corzo plantea un problema doble que no tienen las carnes grasas: necesita tiempo largo para que su colágeno se hidrolice en gelatina, algo que solo ocurre con eficacia entre 80 y 90 °C, pero al no contar con grasa infiltrada cada grado de más se paga en sequedad. Por eso se guisa sumergido y por eso la temperatura importa tanto: por encima de 95 °C las fibras se contraen y expulsan agua más deprisa de lo que se forma la gelatina. El caldo se añade caliente para no hundir la temperatura de la cocotte, ya que un choque frío detiene la hidrólisis durante varios minutos y alarga el guiso sin motivo.
Paso 06
Retira con espumadera los trozos de corzo y las setas y resérvalos tapados. Retira también el laurel y las ramas de tomillo ya agotadas. Sube el fuego y reduce la salsa destapada entre 8 y 12 minutos, hasta que baje a un tercio y nape el dorso de una cuchara dejando un surco que no se cierra. Rectifica de sal. Devuelve la carne y las setas y calienta 2 minutos sin que llegue a hervir, solo para que recuperen temperatura.
Consejo: Aquí ligan dos cosas a la vez y conviene distinguirlas. El almidón de los 15 g de harina ya gelatinizó al superar los 70 °C, hinchándose y atrapando agua, mientras que la gelatina procedente del colágeno aporta el brillo y esa textura que se pega ligeramente al labio, algo que el almidón por sí solo nunca consigue. La carne se retira antes de reducir por un motivo concreto: la reducción exige hervor vivo, y esos minutos a 100 °C con el corzo dentro secarían justo la carne que has cuidado durante dos horas. Si la salsa queda espesa y pastosa, sobra harina, no falta reducción.
Paso 07
Templa el plato de cerámica gris piedra con agua muy caliente y sécalo bien. Coloca en el centro tres o cuatro trozos de corzo apilados con altura y reparte las setas alrededor y sobre la carne, dejando que se reconozcan enteras. Napa con 4 cucharadas de salsa oscura y brillante, sin llegar a ahogar la pieza. Deja visible parte de la costra dorada de la carne y algún borde tostado de seta: el contraste entre mate y brillante es lo que da apetito.
Consejo: Una salsa ligada con harina se comporta peor sobre un plato frío que una simplemente reducida, porque además de la gelatina, que gelifica en torno a los 35 °C, entra en juego la retrogradación del almidón: las cadenas de amilosa que se habían dispersado al gelatinizar vuelven a reordenarse al enfriarse y expulsan agua, con lo que la salsa se vuelve mate, gomosa y a veces deja un charquito claro alrededor. Templar el plato mantiene el conjunto por encima de los 55 °C y retrasa ese proceso durante toda la comida. Colocar las setas visibles evita además que se hundan bajo la salsa.
Paso 08
Deshoja las últimas ramas de tomillo fresco y reparte las hojas enteras sobre la carne, sin picarlas y sin cocinarlas. Prueba la salsa una última vez antes de sacar el plato, porque el enebro sube durante los minutos de reposo. Sirve de inmediato, muy caliente, con puré de patata fino o pan de hogaza para rebañar. Si ha espesado en exceso, aflójala con 30 ml de caldo caliente y un golpe corto de fuego suave.
Consejo: Conviene probar en el último momento porque el perfil aromático de este guiso sigue moviéndose fuera del fuego: los terpenos del enebro disueltos en la grasa continúan difundiéndose por la salsa mientras reposa, y un plato que estaba equilibrado hace diez minutos puede haberse vuelto resinoso. Si ocurre, una cucharada de caldo lo diluye sin estropear el ligado. El tomillo se pone en hoja entera y en frío porque su timol y su carvacrol se evaporan en minutos por encima de 80 °C: el que lleva dos horas dentro ya solo aporta amargor de fondo, y este del final es el que de verdad se huele.
Ribera del Duero Reserva
Ribera del Duero, España
Potente y con crianza, hace frente a la intensidad del corzo y hace eco de las notas de bosque de las setas y el enebro.
Priorat
Priorat, Cataluña
Mineral y con fruta madura, acompaña la caza mayor con estructura y dialoga con la salsa cazadora.
Syrah
Valle del Ródano, Francia
Especiado y con fruta oscura, resuena con el enebro y la caza, un maridaje clásico de sabores de monte.
Galería
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