
Paloma Bravía Asada con Remolacha y Frambuesa
La paloma bravía asada es un plato de alta cocina de caza de pluma: un ave silvestre pequeña, magrísima y de carne roja muy intensa, que se marca a fuego vivo y se sirve apenas hecha, a unos 53 °C en el centro, porque un grado de más la convierte en suela. La acompañan remolachas asadas enteras al horno, dulces y terrosas, y una salsa de fondo de caza reducido con frambuesa, ácida y perfumada. El maridaje viene de la cocina francesa clásica de otoño, que siempre emparejó la caza de pluma con bayas ácidas: la acidez recorta el punto ferroso del ave y el dulzor de la raíz lo redondea, en un juego de tres rojos distintos sobre el plato.
Preparación Paso a Paso
8 pasos · 1 hPaso 01
Precalienta el horno a 200 °C. Frota 450 g de remolacha con 10 ml de aceite y 2 g de sal, envuelve cada pieza entera y sin pelar en papel de aluminio y ásalas 50-60 minutos, hasta que un cuchillo entre hasta el centro sin resistencia. Pélalas en caliente frotando con papel y córtalas en gajos de 2 cm. Saca las 4 palomas de la nevera 45 minutos antes, sécalas y sazónalas con 6 g de sal y 2 g de pimienta. Pesa 150 g de frambuesas y 200 ml de fondo.
Consejo: Asar la remolacha entera y envuelta no es capricho. La betanina, su pigmento rojo, y sus azúcares son muy solubles en agua: hervida y pelada los deja en la olla y sale pálida y acuosa. Envuelta se cuece en su propio vapor, el agua que pierde concentra sus azúcares hasta cerca del diez por ciento y hacia el final empiezan a caramelizar contra la piel. Pélala en caliente, porque bajo la piel hay una capa fina que el vapor despega sola y que en frío hay que raspar llevándose pulpa. Y no te pases de horno: sostenida mucho tiempo a alta temperatura, la betanina se degrada y el rojo vira a un pardo apagado.
Paso 02
Calienta una sartén de hierro con 15 ml de aceite hasta que humee levemente. Marca las palomas empezando por la piel de las pechugas: 90 segundos por cada cara y 30 segundos más apoyadas sobre cada costado, hasta que la piel quede dorada, tirante y crujiente. En total serán 4 o 5 minutos. Clava la sonda en la parte más gruesa de la pechuga y retíralas justo cuando marque 50 °C.
Consejo: La paloma bravía vuela cientos de kilómetros y su pechuga es músculo rojo de fibra lenta, con muchísima más mioglobina que la de un pollo y prácticamente nada de grasa intramuscular que amortigüe el calor. De ahí las dos consecuencias: sabe intensamente a hierro y se seca en cuestión de segundos. Retírala a 50 °C porque la inercia térmica sumará 3 o 4 °C durante el reposo y dejará la pechuga en 53-54 °C, justo donde la miosina ya ha coagulado y la actina, que lo hace hacia los 66 °C, todavía no ha expulsado el agua. El síntoma de pasarse es inequívoco: el rojo cereza vira a pardo grisáceo y la carne se vuelve seca y hepática.
Paso 03
Retira las palomas a una rejilla con la pechuga hacia arriba, cúbrelas holgadamente con papel de aluminio sin cerrarlo y déjalas reposar de 6 a 8 minutos en un sitio templado, cerca del horno apagado. La temperatura interna subirá hasta 53-54 °C. Al presionar la pechuga con el dedo debe notarse firme pero elástica, cediendo y recuperando la forma. Recoge en un cuenco el jugo que suelten.
Consejo: En una pieza tan pequeña el reposo pesa proporcionalmente más que en un asado grande: el salto entre los 70 °C de la superficie y los 50 °C del corazón se iguala en pocos minutos, y esa homogeneidad es justo lo que evita el anillo gris bajo la piel. A la vez, las fibras contraídas por el calor se relajan y el músculo recupera capacidad de retener agua, así que al trinchar el jugo se queda dentro en lugar de inundar la tabla. Cubre sin cerrar el aluminio: sellado, atrapa vapor que condensa sobre la piel y la reblandece, y toda la crujencia conseguida en la sartén se pierde en tres minutos.
Paso 04
En un cazo, pocha 40 g de chalota picada muy fina con 10 g de mantequilla a fuego medio durante 5 minutos, hasta que quede transparente y sin coger nada de color. Moja con 1 cucharada de vinagre y deja que se evapore casi por completo, unos 40 segundos, hasta que el olor punzante desaparezca. Añade los 200 ml de fondo y reduce a fuego vivo hasta dejarlo en unos 100 ml, alrededor de 8 minutos.
Consejo: Reducir a la mitad no solo concentra sabor: concentra la gelatina del fondo de caza, y es esa gelatina la que dará cuerpo y adherencia a la salsa sin recurrir a harina ni a fécula. La chalota se pocha sin dorar a propósito, porque sus azúcares caramelizados aportarían un tostado que compite con la fruta y ensucia el rojo. El vinagre se evapora antes de mojar por una razón concreta: el ácido acético es volátil y se marcha con el vapor dejando atrás los ésteres aromáticos, de modo que ganas perfume y pierdes agresividad. El error típico es añadirlo al final, y entonces domina, punza en la nariz y aplasta la frambuesa en vez de sostenerla.
Paso 05
Añade 100 g de las frambuesas al fondo reducido y cuécelas 3 minutos a fuego suave, aplastándolas contra el cazo con la cuchara, hasta que se deshagan y la salsa tome un rojo intenso. Cuela por chino apretando con fuerza y devuelve el líquido al cazo. Fuera del fuego, cuando deje de burbujear, incorpora 20 g de mantequilla muy fría en dados, uno a uno, moviendo el cazo en círculos hasta que la salsa quede brillante y nape la cuchara.
Consejo: Montar con mantequilla fría es una emulsión y tiene una ventana térmica estrecha, más o menos entre 55 y 70 °C. Ahí la grasa funde despacio en gotas diminutas que los fosfolípidos y las proteínas de la propia mantequilla, junto con la gelatina del fondo, mantienen dispersas en el agua. Si el cazo sigue hirviendo, la grasa funde de golpe, las gotas se fusionan y verás una película aceitosa flotando sobre una salsa mate y aguada. Por eso los dados van de uno en uno y siempre en movimiento, nunca todos juntos. Y no la vuelvas a hervir una vez montada: se corta y no hay forma de recuperarla salvo empezar otra reducción.
Paso 06
En una sartén, funde 10 g de mantequilla a fuego medio e incorpora los gajos de remolacha asada con 2 cucharadas de agua y una pizca de sal. Saltea 3 minutos moviendo la sartén en vaivén, hasta que el agua se evapore y la mantequilla envuelva cada gajo en una capa brillante que se le queda pegada. La remolacha debe quedar caliente por dentro, en torno a 60 °C, y con las aristas apenas tostadas.
Consejo: Un glaseado es también una emulsión, en este caso de agua y mantequilla: al evaporarse el agua la mezcla se espesa y la grasa queda suspendida formando ese barniz que se agarra a la verdura. Si echas solo mantequilla, sin agua, no hay emulsión posible, la grasa resbala y la remolacha sale aceitosa y apagada. Trabaja a fuego medio, porque por encima de unos 130 °C la mantequilla pardea, sus proteínas se queman y aparecen puntos oscuros amargos. El otro motivo para contener el calor es el color: la betanina se degrada con el tiempo a alta temperatura y el rojo violáceo vira a marrón anaranjado, arruinando el contraste cromático que sostiene el plato.
Paso 07
Separa las pechugas del esternón deslizando un cuchillo fino pegado al hueso y córtalas al bies en tres lonchas gruesas, dejando a la vista el interior rojo cereza. Mezcla el jugo del reposo con la salsa. Sobre un plato de cerámica gris piedra templado a unos 50 °C, coloca las lonchas ligeramente montadas, reparte los gajos de remolacha alrededor y dibuja tres puntos de salsa con el reverso de una cuchara.
Consejo: Cortar al bies aumenta la superficie de cada loncha y expone la fibra ya seccionada, de modo que el jugo llega antes a la lengua y la carne se percibe más tierna. En una pechuga de apenas 80 g esto pesa muchísimo, porque hay poco bocado y toda la impresión se juega en el primer mordisco. Trincha en el último momento: en cuanto expones el interior, la mioglobina se oxida en contacto con el aire y en unos minutos el rojo cereza se apaga hacia el pardo. Y templa el plato a unos 50 °C, ni más ni menos: frío enfría la carne de golpe, y demasiado caliente recalienta la salsa montada y la corta sobre la propia cerámica.
Paso 08
Desgrana las hojas de las 4 ramitas de tomillo fresco y repártelas por encima junto con los 50 g de frambuesas restantes, partidas por la mitad y a temperatura ambiente. Da una última vuelta de molinillo de pimienta y termina con 2 g de escamas de sal repartidas sobre la carne, nunca sobre la salsa. Lleva el plato a la mesa de inmediato, con la salsa aún brillante y la paloma por encima de 45 °C.
Consejo: La frambuesa cruda y la cocida no aportan lo mismo. Cocida da color, pectina y acidez estructural; cruda conserva sus volátiles frágiles, la cetona de frambuesa entre ellos, que el hervor arrastra casi por completo, y añade el estallido de jugo ácido que rompe la untuosidad de la salsa montada. Sírvela a temperatura ambiente y no directa de la nevera, porque por debajo de 10 °C los compuestos aromáticos apenas se evaporan y la fruta sabe a agua. El tomillo va en crudo por lo mismo: su timol y su carvacrol son volátiles y sobre el plato caliente se liberan al instante, mientras que cocidos desde el principio ya se habrían disipado.
Borgoña tinto (Grand Cru)
Borgoña, Francia
Fino y con fruta roja, el maridaje aristocrático de la paloma, que resuena con la frambuesa y realza la caza rosada.
Pinot Noir
Alemania (Baden)
Elegante y afrutado, dialoga con la frambuesa y la remolacha sin tapar la caza fina.
Priorat
Priorat, Cataluña
Con cuerpo y fruta oscura, aguanta la intensidad de la paloma bravía y equilibra el agridulce del plato.
Galería
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