Conejo de monte al ajillo en plato de cerámica gris piedra: trozos de conejo dorados y melosos en salsa de ajo y vino blanco, con láminas de ajo y tomillo.
EspañolaMedio1 h 15 minCaza y Piezas de Monte

Conejo de Monte al Ajillo con Tomillo

El conejo al ajillo es el plato mayor de la cocina de caza menor del interior peninsular: la pieza troceada se dora en aceite, se perfuma con dos cabezas de ajo laminado y se guisa despacio con vino blanco hasta que la salsa liga sola con la gelatina de los huesos. El conejo de monte, mucho más magro y de sabor más profundo que el de granja, exige un dorado firme y una cocción contenida para no resecarse, y a cambio entrega una carne melosa que se suelta del hueso. El tomillo, recogido en el mismo monte donde vive el animal, cierra el círculo aromático de un guiso de sartén humilde, contundente y de sobremesa larga.

Tiempo Total
1 h 15 min
Dificultad
Medio
Raciones
4 personas
Comensales
4

Preparación Paso a Paso

8 pasos · 1 h 15 min
01

Paso 01

Seca uno a uno con papel los trozos del conejo de 1,2 kg y sazónalos con los 12 g de sal y los 2 g de pimienta negra recién molida. Pela las 2 cabezas de ajo, unos 24 dientes, y lamínalos a 2 mm. Ten medidos 250 ml de vino blanco seco, 150 ml de caldo de ave, 90 ml de aceite de oliva virgen extra, las 4 ramas de tomillo y la hoja de laurel. Deja la carne 20 minutos fuera de la nevera.

Consejo: Seca la carne hasta que el papel salga limpio: cada gota de agua en la superficie consume energía en evaporarse y mantiene la sartén clavada en 100 °C, muy por debajo de los 140 °C que necesita la reacción de Maillard para arrancar. Al laminar el ajo rompes sus células y la enzima aliinasa convierte la aliina en alicina, responsable del picor crudo y del olor punzante; el calor la descompone después en polisulfuros mucho más dulces y redondos. Lamina el ajo justo antes de freírlo, porque media hora al aire basta para que esos compuestos se oxiden y dejen un fondo rancio.

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Paso 02

Calienta 60 ml de los 90 ml de aceite en una sartén amplia a fuego fuerte, hasta que ondule sin llegar a humear. Coloca los trozos de conejo sin que se toquen entre sí, en dos tandas si hace falta, y dóralos 3-4 minutos por cara hasta formar una costra ámbar oscura y hasta que la carne se despegue sola del metal al empujarla. Retíralos a un plato y reserva los jugos que suelten.

Consejo: Amontonar los trozos es el error que arruina este plato: cada pieza libera agua y, si la sartén va llena, el vapor no escapa, la temperatura cae por debajo de 120 °C y la carne se cuece gris en lugar de dorarse. La costra que buscas es reacción de Maillard entre los aminoácidos y los azúcares reductores de la superficie, y solo arranca de verdad a partir de 140-150 °C. En un conejo de monte, con apenas un 3-8 % de grasa, esa costra funciona además como barrera que frena la pérdida de jugos durante el guiso. Espera a que la pieza se suelte sola antes de girarla.

03

Paso 03

Baja el fuego a medio, añade los 30 ml de aceite restantes y echa el ajo laminado en el mismo fondo. Fríelo 3-4 minutos removiendo sin parar, hasta que las láminas queden de un rubio uniforme, floten en el aceite y desprendan aroma dulce a fruto seco. Retíralas con espumadera justo un tono antes del dorado que buscas, porque seguirán tostándose con el calor residual. Resérvalas sobre papel.

Consejo: El ajo contiene fructanos que se hidrolizan y caramelizan durante la fritura, y de ahí sale su dulzor; pero por encima de unos 180 °C esos azúcares pirolizan y generan compuestos amargos que se disuelven en el aceite y contaminan toda la salsa, sin remedio posible. La lámina fina tiene muy poca masa y muchísima superficie, así que pasa de rubia a negra en segundos. Fíjate en las burbujas: mientras el ajo suelta agua el aceite borbotea con fuerza, y cuando el borboteo cae de golpe es que está casi seco y a punto de quemarse. Sácalo antes de ese instante.

04

Paso 04

Devuelve el conejo a la sartén con los jugos que haya soltado, añade las 4 ramas de tomillo y la hoja de laurel y sube el fuego. Vierte los 250 ml de vino blanco de una sola vez y raspa el fondo con cuchara de madera hasta despegar todas las adherencias tostadas. Deja hervir 2-3 minutos, hasta que el olor punzante a alcohol desaparezca y solo quede aroma a vino y hierbas.

Consejo: Las adherencias oscuras del fondo son melanoidinas y proteína caramelizada, y concentran buena parte del sabor del dorado: son solubles en agua y en alcohol, de modo que el vino las recupera y las devuelve a la salsa. El etanol además disuelve aromas poco solubles en agua y, al evaporarse en torno a 78 °C, arrastra los volátiles más agresivos y deja los ésteres afrutados. Hierve esos 2-3 minutos sin excusas: un vino a medio evaporar deja un punzante metálico que luego se confunde con acidez del ajo. Y usa un blanco seco de verdad, porque uno semidulce cocido sabe a caramelo.

05

Paso 05

Baja el fuego al mínimo, tapa a medias y guisa 40-50 minutos con el líquido apenas temblando, sin que llegue a borbotear. Da la vuelta a los trozos cada 15 minutos y añade los 150 ml de caldo a cucharadas si la salsa baja del nivel de media pieza. Está listo cuando al pinchar un muslo con la punta del cuchillo la carne cede sin resistencia y se separa del hueso al tirar de ella.

Consejo: Mantén el líquido entre 85 y 90 °C, con burbujas ocasionales rompiendo la superficie y jamás a hervor pleno. En ese margen el colágeno de las patas se hidroliza poco a poco en gelatina, que es lo que da melosidad a la carne y cuerpo a la salsa, mientras las fibras musculares se contraen despacio. Si dejas que hierva a 100 °C, la actina, desnaturalizada ya desde los 66-73 °C, expulsa el agua de golpe y el conejo, que apenas tiene grasa para compensar, queda seco por dentro aunque la salsa esté perfecta. El síntoma es una carne que se deshilacha en fibras secas al morderla.

06

Paso 06

Retira el laurel, sube el fuego a medio-fuerte y reduce destapado 3-5 minutos. Mueve la sartén con vaivén constante, agarrada por el mango y sin usar cuchara, para que el aceite del ajillo y la gelatina liberada se mezclen. La salsa está en su punto cuando pasa de fluida a brillante y napa el dorso de una cuchara dejando un surco limpio al pasar el dedo. Devuelve el ajo frito y remueve.

Consejo: Esta salsa es una emulsión: el vaivén de la sartén rompe el aceite en gotas microscópicas y la gelatina liberada por el conejo, proteína anfifílica, se coloca en la interfase y las mantiene dispersas en el líquido. Por eso se agita el mango en lugar de remover con cuchara, que rompe las gotas grandes pero no las reparte igual. Si aparece una capa de aceite flotando y la salsa se ve cortada, has reducido a demasiado fuego y la gelatina ha coagulado en grumos: añade dos cucharadas de caldo caliente y agita fuera del fuego para relanzar la emulsión.

07

Paso 07

Dispón los trozos de conejo en el plato de cerámica gris piedra, encajándolos en montón y no en fila, con los muslos abajo y las costillas encima. Vierte la salsa por encima con cuchara, en dos pasadas, hasta que la carne quede brillante y quede algo de salsa en el fondo del plato. Reparte las láminas de ajo frito y las hojas de tomillo del guiso sobre la carne.

Consejo: Templa el plato a unos 60 °C antes de emplatar. La salsa lleva gelatina disuelta que empieza a gelificar por debajo de 35 °C, y sobre cerámica fría pasa de napar a cuajar en una placa mate en menos de un minuto, con el aceite separándose por los bordes. Reparte el ajo frito en el último momento y siempre sobre la carne, nunca hundido en la salsa: sus láminas crujen porque perdieron casi toda el agua en la fritura, y sumergidas la reabsorben por capilaridad y se ablandan en un par de minutos, perdiendo el contraste que sostiene el plato.

08

Paso 08

Desgrana con los dedos las hojas de una rama de tomillo fresco sobre la carne caliente, sin picarlas, y lleva el plato a la mesa de inmediato con pan de miga prieta cortado grueso. Sirve el conejo por encima de los 65 °C: es la temperatura a la que la gelatina de la salsa sigue fundida, la grasa del ajillo permanece líquida y los aromas se perciben con toda su intensidad.

Consejo: El aroma del tomillo vive en el timol y el carvacrol, dos monoterpenos fenólicos muy volátiles: las ramas que han guisado cuarenta minutos han cedido al caldo sus notas amaderadas, pero han perdido casi todo el frescor. Por eso se remata con hojas crudas, cuyos aceites esenciales se liberan al contacto con la carne caliente y llegan a la nariz justo en el momento de servir. No las piques con cuchillo: al machacar las células, esos aceites se oxidan al aire y el tomillo vira a amargo y herbáceo. Arráncalas con los dedos deslizando la rama a contrapelo.

#Española#Medio#1 h 15 min#Caza y Piezas de Monte
Maridaje

Tempranillo joven

La Mancha, España

Fruta viva y taninos suaves que acompañan el conejo al ajillo y aguantan la intensidad del ajo, muy de la tierra de la caza menor.

Garnacha

Calatayud, Aragón

Fruta madura y calidez que abrazan el conejo meloso y equilibran la salsa de ajo y vino.

Mencía

Bierzo, España

Con fruta y un punto herbáceo, dialoga con el tomillo de monte y realza la caza sin taparla.

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