
Ravioli de Setas con Crema de Parmesano y Trufa
Estos ravioli cruzan dos tradiciones: la pasta al huevo emiliana, amasada solo con harina y yema, y el duxelles francés, la picada de setas y chalota que el cocinero François Pierre de La Varenne codificó en el siglo XVII y bautizó en honor al marqués d'Uxelles. El relleno concentra 400 g de setas hasta reducirlas a menos de la mitad de su peso, porque una seta es agua en un 90 % y todo su umami está en lo que queda cuando esa agua se va. Se napan con una crema de parmesano ligada por la propia grasa de la nata y se rematan con trufa negra rallada en crudo sobre el plato caliente. Terroso, aromático y profundamente otoñal.
Preparación Paso a Paso
8 pasos · 2 h (activa)Paso 01
Forma un volcán con 250 g de harina 00 y 3 g de sal sobre la mesa, casca dentro los 3 huevos M y bátelos con un tenedor incorporando harina de las paredes. Amasa 10 minutos, empujando con el talón de la mano y plegando, hasta obtener una bola lisa que recupere la forma al presionarla con el dedo. Envuélvela en film y déjala reposar 30 minutos a temperatura ambiente. Mientras, limpia los 400 g de setas con un paño húmedo y pícalas a cuchillo en trozos de 3-4 mm, junto con 40 g de chalota y 1 diente de ajo.
Consejo: Los 30 minutos de reposo no son tiempo perdido: durante el amasado las cadenas de glutenina y gliadina se han enlazado en una red de gluten tensa y elástica que, si intentas estirarla ahora, se contraerá como una goma. En reposo, esos enlaces se reorganizan y la red se relaja, además de completarse la hidratación de los gránulos de almidón. Las setas se limpian con paño húmedo y nunca bajo el grifo: su estructura porosa absorbe agua como una esponja y luego tendrás que evaporar esa agua añadida en la sartén. Y píca a cuchillo, no en robot, que las tritura y las convierte en puré antes de que puedas controlarlo.
Paso 02
Funde 30 g de mantequilla en una sartén amplia a fuego medio-alto y añade las setas picadas en una sola capa. No las toques durante los primeros 3 minutos. Remueve y sigue salteando 12-15 minutos: primero soltarán abundante agua y burbujearán, después el sonido cambiará a chisporroteo seco y empezarán a dorarse. Incorpora entonces la chalota y el ajo, sazona con 4 g de sal y 1 g de pimienta y cocina 5 minutos más, hasta que el conjunto esté oscuro, brillante y sin nada de líquido en el fondo.
Consejo: Una seta es agua en un 90 %, y el duxelles consiste en quitarle esa agua para concentrar todo lo demás. Mientras haya agua libre, la sartén no pasa de 100 °C y no puede haber pardeamiento; el cambio de sonido, de burbujeo a chisporroteo, es la señal acústica exacta de que el agua se ha ido y la temperatura empieza a subir hacia los 140 °C de la reacción de Maillard. La chalota y el ajo se añaden al final a propósito: sus azúcares se queman mucho antes que los de la seta, y el síntoma es un amargor punzante. El error clásico es amontonar las setas en una sartén pequeña, que las cuece al vapor en su propia agua sin dorarlas nunca.
Paso 03
Extiende el duxelles en un plato frío y déjalo enfriar por completo, unos 20 minutos. Pásalo a un bol y mézclalo con 100 g de ricotta bien escurrida y 60 g de parmesano rallado, trabajando con una espátula hasta obtener una masa compacta y homogénea. Prueba y rectifica de sal. La textura correcta es la de un relleno que se sostiene formando una bola en la cuchara sin escurrir ni una gota; si suelta suero, escúrrelo sobre un colador fino antes de usarlo.
Consejo: El duxelles debe estar completamente frío antes de tocar la ricotta por un motivo concreto: por encima de 60 °C las proteínas de suero de la ricotta coagulan y sueltan el agua que retenían, y el relleno pasa de cremoso a granuloso y encharcado. Ese suero es además el enemigo directo de la masa, porque la humedad atraviesa el gluten por difusión y en pocas horas convierte una lámina de 1 mm en una superficie pegajosa que se rasga al manipularla. El parmesano cumple aquí una doble función: aporta glutamato libre y actúa como absorbente, porque su bajo contenido en agua le permite captar la humedad residual del conjunto.
Paso 04
Corta la masa en cuatro porciones y trabaja una cada vez, con el resto tapado. Estírala con la máquina bajando de grosor progresivamente hasta el penúltimo número, alrededor de 1 mm, hasta que puedas intuir la silueta de tu mano a través de la lámina. Coloca montoncitos de 12 g de relleno separados 5 cm, pinta el contorno con agua, cubre con una segunda lámina y sella presionando desde el centro hacia fuera con los dedos, expulsando todo el aire antes de cerrar los bordes.
Consejo: Expulsar el aire es el paso más importante de todo el montaje. Una burbuja atrapada de apenas medio centímetro cúbico se expande casi un 30 % al pasar de 20 a 100 °C en el agua, según la ley de los gases, y esa presión revienta la costura del ravioli, que se abre y vacía el relleno en la olla. El agua sobre el contorno hidrata el almidón superficial de la masa y lo vuelve pegajoso, creando una soldadura real; usar huevo batido en lugar de agua da un sellado aún más firme pero seca la masa más rápido, así que hay que trabajar deprisa. Y presiona siempre del centro hacia fuera, nunca al revés, o encerrarás aire sin remedio.
Paso 05
Corta los ravioli con cortapastas o rueda dentada dejando un borde sellado de al menos 1 cm alrededor del relleno. Repasa las costuras presionando con la yema del dedo y elimina los excedentes de masa. Espolvorea una bandeja con parte de los 50 g de sémola de trigo duro y coloca los ravioli separados entre sí, sin que se toquen. Espolvorea un poco más de sémola por encima y déjalos secar al aire 15 minutos antes de cocerlos.
Consejo: La sémola de trigo duro funciona como rodamiento y la harina no: sus partículas son mucho más gruesas y, sobre todo, absorben agua con mucha más lentitud, así que se mantienen como bolitas sueltas entre la masa y la bandeja en lugar de hidratarse y formar el engrudo pegajoso que produce la harina fina. Un borde de menos de 1 cm es el otro fallo habitual: la costura se abre durante la cocción porque no hay superficie de contacto suficiente para resistir la presión interna del vapor. Los 15 minutos de secado al aire forman una película superficial ligeramente deshidratada que refuerza el sellado.
Paso 06
Calienta los 150 ml de nata en un cazo pequeño a fuego suave hasta que humee ligeramente y aparezcan burbujas en el borde, sin dejar que hierva: unos 75 °C. Retira del fuego por completo y añade los 60 g de parmesano rallado en tres tandas, batiendo con varillas hasta que cada una se funda antes de la siguiente. La crema debe quedar lisa, brillante y napar el dorso de una cuchara dejando un surco limpio al pasar el dedo. Manténla templada, nunca al fuego directo.
Consejo: La nata al 35 % de materia grasa es imprescindible aquí: por debajo de ese porcentaje no hay grasa suficiente para envolver las proteínas del queso y la salsa se corta. El límite crítico son los 82 °C, temperatura a la que las micelas de caseína del parmesano se contraen bruscamente, expulsan la grasa que retenían y la crema se separa en hilos de queso y un charco de aceite. Por eso el queso se añade siempre fuera del fuego, aprovechando el calor residual de la nata. Si aún así se corta, un chorro de nata fría y un batido enérgico suelen recuperarla mientras la temperatura no haya subido demasiado.
Paso 07
Lleva a ebullición 4 litros de agua con 20 g de sal gruesa y baja el fuego hasta que el agua solo tiemble, con burbujas ocasionales rompiendo la superficie. Introduce los ravioli de uno en uno con una espumadera, sin amontonarlos, en tandas de 8-10. Cuécelos 3-4 minutos desde que suben a la superficie. Escúrrelos con espumadera, nunca volcándolos en un colador. Reserva 50 ml del agua de cocción por si necesitas aligerar la crema.
Consejo: El hervor fuerte es el enemigo declarado del ravioli relleno: la agitación mecánica de las burbujas los golpea entre sí y contra las paredes de la olla, y una costura de 1 mm de masa fresca no resiste ese trato. Por eso se cuecen en agua temblando, a unos 95 °C, que cocina igual de bien pero sin violencia. Suben a la superficie cuando el aire y el vapor del interior reducen su densidad por debajo de la del agua, y ese es el aviso de que empieza la cuenta atrás real. El agua de cocción de la pasta fresca lleva almidón en suspensión y es el mejor aligerante para la crema, porque la liga en lugar de diluirla.
Paso 08
Reparte una cucharada de crema de parmesano templada en el fondo de cada plato hondo previamente calentado, coloca encima 5-6 ravioli escurridos y nápalos con el resto de la crema, sin cubrirlos del todo. Ralla los 10 g de trufa negra directamente sobre el plato con un rallador microplane, en el último segundo y con el plato ya en la mesa. Sirve de inmediato, a 60-65 °C. Añade una vuelta de molinillo de pimienta si quieres, pero nada más.
Consejo: El aroma de la trufa negra son moléculas volátiles de azufre —el bis(metiltio)metano es la principal, junto a dimetilsulfuro y varios tioéteres— de peso molecular bajísimo y punto de ebullición cercano a la temperatura ambiente. Se disipan por completo en cuestión de segundos si tocan una sartén, y de forma apreciable incluso sobre un plato demasiado caliente: de ahí que se ralle al final y se sirva de inmediato. El microplane no es capricho, es superficie: convierte 10 g de trufa en miles de láminas finísimas y multiplica el área desde la que esos volátiles llegan a la nariz. El error típico es rallarla en la cocina; para cuando el plato llega a la mesa, el aroma se ha quedado por el camino.
Barbaresco
Piamonte, Italia
Aromas terrosos y de trufa que hacen espejo con el plato.
Pinot Nero
Alto Adige, Italia
Fruta roja y sotobosque afines a las setas.
Chardonnay con crianza
Borgoña, Francia
Cuerpo y notas tostadas que acompañan la crema de parmesano.
Galería
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