
Tosta de Ventresca de Bonito con Pimientos del Piquillo Asados
La ventresca es la ijada del bonito del norte, la tira de músculo que envuelve el vientre del animal y la zona con más grasa infiltrada de todo el pescado: de un ejemplar de seis kilos apenas salen un par de cientos de gramos. Esta tapa la presenta como se sirve en las barras del Cantábrico, sobre una alfombra de pimientos del piquillo asados a la llama y confitados con ajo, y una rebanada de pan rústico tostada y frotada con ajo crudo. Al no haber prácticamente cocción, todo se juega en la calidad de la conserva y en el contraste entre la untuosidad del pescado, el dulzor tostado del pimiento y el crujido del pan.
Preparación Paso a Paso
8 pasos · 15 minPaso 01
Reúne todo antes de encender el fuego. Abre la conserva y saca los 120 g de ventresca de uno en uno con una espátula fina, deslizándola por debajo de cada lomo y apoyándolo en un plato sin darle la vuelta; reserva 20 ml de su aceite en un cuenquito. Escurre los 8 pimientos del piquillo en un colador y sécalos con papel. Lamina un diente de ajo en rodajas de 1 milímetro, parte el otro por la mitad para frotar el pan, pica los 5 g de cebollino y corta 2 rebanadas de pan de 1,5 centímetros.
Consejo: La ventresca se rompe con una facilidad que desconcierta si vienes de la carne, y tiene explicación anatómica: el músculo del pescado no es una masa continua sino una pila de miómeros, bloques cortos en forma de W separados por miocomatas, láminas finísimas de colágeno con muy poca reticulación. Ese colágeno gelatiniza ya entre los 45 y los 50 grados, frente a los 65 o 70 que necesita el del vacuno, así que en una conserva esterilizada está prácticamente disuelto y lo único que sostiene el lomo es la propia grasa fría. Levantarla con tenedor la parte por esas juntas: el síntoma es un montón de hebras sueltas en lugar de un lomo entero.
Paso 02
Pon los 30 ml de aceite en una sartén pequeña con el ajo laminado y calienta a fuego muy bajo hasta que aparezcan burbujas diminutas alrededor de las rodajas, señal de que el aceite ronda los 65 grados, sin dejar que el ajo tome color. Añade los 8 piquillos escurridos y confítalos 5 minutos moviéndolos con suavidad cada minuto, hasta que estén flexibles, brillantes y el aceite se haya teñido de naranja. Sala con los 2 g de sal fina y resérvalos templados dentro de su aceite.
Consejo: Al laminar el ajo rompes sus células y la enzima aliinasa entra en contacto con la aliina y produce alicina, el compuesto que pica y huele. En aceite a 65 grados esa alicina se descompone despacio en sulfuros de dialilo, liposolubles y de aroma redondo, que pasan al aceite: eso es confitar. Si subes el fuego y el ajo llega a los 130 o 140 grados entra en Maillard y luego se quema, y aparecen compuestos amargos irreversibles cuyo síntoma es un ajo de color castaño oscuro y un fondo áspero en el paladar. El aceite se vuelve naranja porque los carotenoides del piquillo, capsantina sobre todo, son liposolubles y migran a la grasa.
Paso 03
Tuesta las 2 rebanadas en la tostadora o en una sartén sin grasa, 3 o 4 minutos, hasta que la cara superior tenga un dorado avellana uniforme y suene seca y hueca al golpearla con la uña. Sin dejar que se enfríen, frota esa cara con la mitad del diente de ajo crudo, apoyando la superficie de corte y arrastrando con firmeza cinco o seis veces, hasta que el diente se haya consumido en un tercio y el pan huela intensamente.
Consejo: El pan tostado funciona aquí como un rallador. Al deshidratarse, la superficie se llena de aristas de almidón vitrificado y celdillas rotas que raspan el diente y liberan su jugo célula a célula, generando alicina in situ; frotar sobre pan blando solo lo mancha. El calor residual, entre 60 y 70 grados, ayuda a que los volátiles pasen a la miga sin llegar a cocer el ajo. Hazlo cuando el pan ya se ha enfriado y notarás el fallo enseguida: el diente resbala, apenas se gasta y la tosta sabe a ajo crudo agresivo en unos puntos y a nada en el resto, porque la alicina no se ha repartido.
Paso 04
Abre los piquillos confitados uno a uno con los dedos y estíralos sobre el pan hasta dejarlos planos, colocando 4 por tosta y solapándolos ligeramente para que no quede pan a la vista en toda la superficie. Presiona apenas con la yema para que se asienten y riega cada tosta con una cucharadita del aceite naranja de confitar. Deben formar una capa continua, brillante y uniforme, sin pliegues ni huecos.
Consejo: Esta alfombra tiene una función estructural que va más allá del sabor. La corteza crujiente es almidón deshidratado y vitrificado, con menos de un 5 por ciento de humedad, y basta con que suba por encima del 10 para que pierda por completo el crujido y se vuelva correosa. Los piquillos traen bastante agua y la ventresca soltará más, así que la capa de aceite del confitado se interpone como barrera hidrófoba y ralentiza esa migración durante los minutos que dura el servicio. Si dejas huecos de pan desnudo, el agua entra directa por ahí y verás la tosta reblandecerse en manchas a los pocos minutos.
Paso 05
Reparte los 120 g de ventresca en lomos enteros sobre los piquillos, unos 60 g por tosta, levantándolos siempre con la espátula y depositándolos de una sola vez, sin recolocarlos ni presionarlos. Déjalos ligeramente montados unos sobre otros para que se vea la veta y la superficie brille de grasa. Si algún lomo se ha partido, colócalo debajo y reserva los enteros para arriba.
Consejo: La ventresca debe estar a temperatura ambiente, entre 18 y 20 grados, y por eso conviene sacar la conserva de la nevera veinte minutos antes. La grasa del bonito es muy rica en ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga, y esas moléculas tienen puntos de fusión bajísimos, muchos por debajo de cero, lo que explica que la ventresca resulte melosa y no cerosa como una grasa de cerdo. Pero por debajo de 10 grados los triglicéridos más saturados de la mezcla sí cristalizan: el síntoma es una película blanquecina y opaca sobre el lomo y una textura pastosa que apaga el sabor, porque los aromas volátiles apenas se liberan en frío.
Paso 06
Riega la ventresca con los 20 ml de aceite de la conserva que reservaste y con lo que quede del aceite naranja de confitar los piquillos, repartiéndolos a cucharaditas para que empapen los lomos y resbalen hasta el borde de la tosta. Reparte por encima los 2 g de sal en escamas, dejándolas caer desde alto para que se distribuyan sueltas. No añadas aceite nuevo del botellero.
Consejo: El aceite de la lata no es un descarte: durante los meses de maduración de la conserva se produce una migración lenta de compuestos liposolubles desde el músculo hacia la grasa, de manera que ese aceite lleva disueltos los aldehídos y cetonas responsables del aroma del bonito curado, además de parte de la gelatina y los aminoácidos libres que dan sabor. Un aceite virgen recién abierto tendría en cambio sus propios polifenoles amargos y notas de hierba fresca, que compiten con el pescado en vez de acompañarlo. El síntoma de haberte pasado es un charco en el plato y una tosta que gotea al levantarla.
Paso 07
Espolvorea los 5 g de cebollino picado por encima en el último momento, dejándolo caer en lluvia para que no se apelmace en un montón, y da una vuelta de molinillo con el gramo de pimienta negra. Prueba una esquina de la tosta y corrige solo con unas escamas más de sal si el conjunto te resulta plano; el piquillo, el aceite de la conserva y la propia ventresca ya aportan bastante sodio.
Consejo: El cebollino va crudo y al final por dos motivos que se ven a simple vista. El primero es el color: la clorofila de sus hojas conserva un átomo de magnesio en el centro de la molécula que le da el verde intenso, y en cuanto se calienta en medio ácido, o simplemente pasa unos minutos sobre una superficie caliente y grasa, ese magnesio se sustituye por hidrógeno y se forma feofitina, de un verde oliva apagado. El segundo es el aroma, que vive en compuestos azufrados volátiles emparentados con los de la cebolla y se disipa en cuanto la hoja se marchita. Pícalo con cuchillo muy afilado y no lo machaques.
Paso 08
Pasa las tostas al plato de gres con una espátula ancha, sin inclinarlas, y dibuja alrededor un hilo del aceite de confitar. Sírvelas en el minuto siguiente al montaje, cuando la ventresca todavía brilla, los piquillos asoman por debajo y el pan cruje al apoyar el dedo. Se comen con las manos y de un par de bocados, atravesando de una vez el pescado, el pimiento y el pan.
Consejo: Una tosta es una construcción con fecha de caducidad de minutos, y lo que la mata es la física del agua. El gradiente de humedad entre los piquillos, que rondan el 90 por ciento de agua, y la corteza deshidratada es enorme, así que el agua migra sin descanso hacia el pan por capilaridad y difusión; a partir de los diez minutos el crujido ha desaparecido y la base se dobla al levantarla. Servirla templada, en torno a 18 o 20 grados, también importa: es la temperatura a la que la grasa de la ventresca está totalmente líquida y libera sus volátiles, mientras que fría de nevera sabe sensiblemente a menos.
Rueda Verdejo
Rueda, España
Blanco herbáceo y cítrico, con un punto anisado, cuya acidez corta la grasa de la ventresca y acompaña el dulzor del piquillo.
Muscadet Sèvre-et-Maine sur lie
Loira, Francia
Melon de Bourgogne criado sobre lías, mineral y salino, un blanco muy marinero que realza el sabor del bonito sin taparlo.
Vermentino di Sardegna
Cerdeña, Italia
Blanco mediterráneo aromático y salino, de cítricos y hierbas, cuyo perfil isleño enlaza con el pescado azul y aporta un contraste distinto al de los blancos ibéricos.
Galería
8 imágenesRecetas Relacionadas

Tosta de Aguacate y Huevo Poché con Guindilla y Eneldo

Tosta de Jamón Ibérico con Tomate Rallado y AOVE

Tosta de Burrata, Tomate Confitado y Pesto de Albahaca
