
Liebre en Adobo con Puré de Apionabo
La liebre en adobo es el guiso de caza de pelo por excelencia del otoño castellano y europeo, un plato que nació de la necesidad de domar una carne oscura, magra y de sabor mineral muy marcado. La víspera, las piezas se sumergen en vino tinto con ajo, laurel, tomillo y un chorro de vinagre, y ese medio ácido rebaja el gusto salvaje y prepara el músculo; al día siguiente se doran y se estofan más de dos horas hasta que el hueso se suelta y la salsa queda oscura y densa. Debajo, un puré de apionabo, la raíz del apio, aporta una textura aterciopelada y un amargor herbáceo limpio que sostiene la intensidad de la caza sin taparla, cosa que un puré de patata neutro no consigue.
Preparación Paso a Paso
8 pasos · 3 h (+ 12-24 h de adobo)Paso 01
Coloca los 1,5 kg de liebre despiezada en una fuente honda de vidrio o barro, nunca metálica, y añade los 4 dientes de ajo aplastados, las 2 hojas de laurel, 4 ramas de tomillo y los 10 granos de pimienta negra. Vierte los 500 ml de vino tinto y los 20 ml de vinagre de vino tinto hasta cubrir las piezas por completo. Tapa y deja adobar en la nevera entre 12 y 24 horas, volteando las piezas una vez a mitad del tiempo.
Consejo: El adobo actúa por acidez, no por magia. El vino tinto y el vinagre bajan el pH de la superficie hasta valores cercanos a 3,5, muy por debajo del punto isoeléctrico de las proteínas musculares, que está en torno a 5,2: fuera de ese punto las fibras adquieren carga eléctrica neta, se repelen entre sí, se separan y retienen más agua, lo que se traduce en una carne menos apretada tras el guiso. Además los taninos del vino se unen a las proteínas y modifican la percepción de los compuestos que dan a la liebre ese gusto tan mineral. Usa siempre recipiente no metálico, porque el ácido ataca el aluminio y el hierro y deja sabores metálicos. Y no pases de 24 horas: la superficie se vuelve gris y de textura harinosa, porque la desnaturalización ácida ha llegado demasiado lejos.
Paso 02
Escurre las piezas y cuela el adobo sobre un cuenco, reservando el líquido y descartando las especias. Seca la liebre a fondo con papel de cocina, insistiendo en los pliegues, y sazónala con 10 g de sal. Calienta 40 ml de aceite de oliva en la cocotte a fuego fuerte y dora las piezas en dos o tres tandas, 3 minutos por cara, sin amontonarlas, hasta que tengan una costra caoba uniforme. Resérvalas en un plato.
Consejo: Dorar en tandas no es escrupulosidad: cada pieza que añades enfría el fondo de la cocotte, y si metes todas a la vez la temperatura cae por debajo de 100°C, la carne suelta su agua y acabas cociéndola en su propio jugo, gris y sin costra. La reacción de Maillard entre aminoácidos y azúcares reductores solo se acelera de verdad por encima de 140°C, y para eso hace falta una superficie seca y una cocotte que no pierda calor. Secar también evita otro problema propio de este plato: la carne sale empapada de vino, que lleva azúcares residuales, y esos azúcares se queman antes que la carne dore, dejando manchas negras amargas. La liebre es además muy magra, con menos del 3% de grasa, así que la costra es prácticamente todo el sabor tostado que vas a obtener.
Paso 03
Baja el fuego a medio y, en la misma cocotte con la grasa del dorado, añade los 150 g de cebolla y los 100 g de zanahoria cortados en dados de medio centímetro y una pizca de sal. Pocha removiendo cada dos o tres minutos durante 15-18 minutos, rascando el fondo con la cuchara de madera para incorporar los tostados. El sofrito está listo cuando la cebolla ha perdido todo el volumen, está dorada en los bordes y el conjunto huele dulce, no punzante.
Consejo: La cebolla contiene fructanos y azúcares simples que solo pueden caramelizar cuando el agua se ha evaporado y la temperatura supera los 110-120°C, y ese dulzor es el contrapeso que necesita un guiso tan tánico. Por eso el sofrito quiere fuego medio y tiempo: a fuego alto la superficie se quema mientras el interior sigue crudo y punzante, y el resultado es un fondo amargo que ninguna reducción posterior corrige. La pizca de sal ayuda porque extrae agua por ósmosis y acelera esa deshidratación inicial. La zanahoria aporta betacaroteno, que es liposoluble y se disuelve en la grasa del dorado tiñendo la salsa, y pectina que se irá disolviendo durante las dos horas de estofado y dará cuerpo sin necesidad de harina.
Paso 04
Devuelve las piezas de liebre a la cocotte con los jugos que hayan soltado, vierte los 500 ml de adobo colado y sube el fuego al máximo. Deja hervir destapado 3 minutos, removiendo, y retira con un cucharón la espuma parda que suba a la superficie. Añade entonces los 300 ml de caldo de carne caliente hasta que el líquido cubra tres cuartas partes de las piezas. Espera a que rompa de nuevo el hervor y prueba: el vino ya no debe picar en la garganta.
Consejo: Estos tres minutos de hervor abierto hacen dos trabajos. El primero es el alcohol: el etanol hierve a 78°C pero forma con el agua una mezcla que nunca se elimina del todo, así que no se trata de evaporarlo entero sino de rebajarlo, porque en concentración alta anestesia el paladar y realza la aspereza en lugar del aroma. El segundo es más visible: los taninos y las proteínas del vino coagulan con el calor y precipitan formando esa espuma parda: si no la retiras, la salsa queda turbia y deja en boca una astringencia rasposa, porque esos taninos libres se unen después a las proteínas de la saliva. El caldo debe entrar caliente, ya que un líquido frío detiene la cocción de golpe y contrae las fibras que acabas de sellar.
Paso 05
Tapa la cocotte y baja el fuego al mínimo, o pásala al horno a 150°C, y estofa entre 2 y 2 horas y media. El líquido debe temblar con una burbuja cada pocos segundos y nunca borbotear; si burbujea seguido, baja más el fuego o abre la tapa un dedo. Comprueba cada 40 minutos y añade caldo caliente si el nivel baja de la mitad de las piezas. Está lista cuando la carne se separa del hueso al empujarla con una cuchara y los muslos ceden sin fibra.
Consejo: La temperatura del líquido es el único parámetro que decide si esta carne queda melosa o estopa. Alrededor de los 85°C el colágeno se hidroliza en gelatina de forma constante y sostenida, mientras que a 100°C de hervor franco las fibras musculares se contraen con violencia y expulsan el agua que les queda: en una carne tan magra como la de liebre, que apenas tiene grasa que compense, el resultado es irrecuperable y se reconoce al instante porque los haces se separan en hebras secas que se deshacen en polvo en la boca. La señal visual es simple y no engaña: una burbuja cada pocos segundos significa 85-90°C, un burbujeo continuo significa que ya has pasado los 100°C. Tapar mantiene la humedad y devuelve el vapor condensado al guiso.
Paso 06
Pela los 600 g de apionabo retirando la corteza fibrosa con cuchillo y córtalo en dados de 3 cm. Cuécelos al vapor o en un cazo con solo 100 ml de agua y 4 g de sal, tapado, durante 25-30 minutos, hasta que un cuchillo entre sin resistencia. Escúrrelos y devuélvelos al cazo a fuego suave 2 minutos para secarlos. Tritúralos con los 40 g de mantequilla fría en dados y los 100 ml de nata caliente hasta obtener un puré liso y brillante, y salpimienta.
Consejo: El apionabo se comporta al revés que la patata: apenas contiene almidón y está formado sobre todo por agua y fibra, así que aquí la batidora no solo está permitida sino que es la herramienta correcta, porque no hay amilosa que liberar ni engrudo posible. El problema es el contrario, la falta de espesante: si lo cueces sumergido en abundante agua absorbe humedad y el puré queda líquido y sin cuerpo, y por eso se cuece casi al vapor y se seca dos minutos en el cazo antes de triturar. La mantequilla y la nata no son solo sabor, forman una emulsión con esa agua vegetal que da la sensación sedosa que el almidón aporta en otros purés. Además el aroma del apio vive en unas moléculas liposolubles llamadas ftálidas, que solo se liberan si hay grasa que las disuelva.
Paso 07
Saca las piezas de liebre a un plato y reduce la salsa destapada a fuego medio hasta que nape el dorso de la cuchara y deje un surco limpio al pasar el dedo, unos 10 minutos. Calienta el plato de cerámica gris piedra, extiende dos cucharadas de puré de apionabo a 65°C formando una base ancha y regular, coloca encima las piezas de liebre y napa con tres cucharadas de salsa, dejando que caiga sobre la carne y resbale hacia el puré sin cubrirlo entero.
Consejo: La salsa liga sin harina porque durante dos horas y media el colágeno de la liebre ha ido pasando al líquido como gelatina, y basta una concentración cercana al 2% para que la viscosidad aumente lo suficiente y la salsa cubra la cuchara. Reducir en los últimos minutos es lo que sube esa concentración, además de la pectina disuelta de la zanahoria. Un detalle de servicio que casi nadie tiene en cuenta: el puré de apionabo es en su mayor parte agua, y el agua tiene una capacidad calorífica muy alta, así que cede calor al plato con enorme rapidez y se queda templado en un minuto sobre cerámica fría. Calentar el plato antes no es estética, es lo único que mantiene el puré a temperatura durante toda la degustación.
Paso 08
Deshoja las 4 ramas de tomillo fresco restantes y espárcelas sobre la liebre en el último momento, sin removerlas. Lleva el plato a la mesa de inmediato, con la carne a más de 65°C y la salsa aún brillante. Comprueba que la salsa sigue napando y no se ha secado sobre la carne; si ha espesado de más mientras montabas, aflójala con una cucharada de caldo caliente y vuelve a napar antes de servir.
Consejo: La temperatura de servicio importa aquí más que en casi ningún otro guiso, y por un motivo que tiene que ver con los taninos. Estos compuestos del vino se unen a las proteínas de la saliva y las precipitan, y esa precipitación es la que percibimos como aspereza: cuanto más fría está la salsa, mayor es la afinidad tánica y más rasposa resulta en boca, mientras que por encima de 65°C la astringencia se percibe claramente atenuada. Al mismo tiempo, los aromas de la caza son moléculas volátiles que solo llegan a la nariz por vía retronasal si tienen energía para evaporarse, cosa que no ocurre en un plato tibio. Servir esto templado no es un descuido menor: es perder a la vez el aroma y la suavidad que has construido en dos días.
Ribera del Duero Reserva
Ribera del Duero, España
Potente y con crianza, hace frente a la intensidad de la liebre y acompaña la salsa profunda de adobo.
Borgoña tinto
Borgoña, Francia
Fino y con acidez, un clásico con la caza que realza la liebre y dialoga con el puré de apionabo.
Priorat
Priorat, Cataluña
Mineral y con fruta madura, aguanta la potencia de la caza mayor de pelo y su salsa densa.
Galería
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