Manitas de cordero en pepitoria en plato de cerámica gris piedra: manitas gelatinosas en salsa amarilla de azafrán y almendra, con huevo cocido y perejil.
EspañolaMedio3 h 30 minFoie y Casquería

Manitas de Cordero en Pepitoria con Azafrán

Las manitas de cordero en pepitoria juntan dos tradiciones castellanas. Por un lado la casquería de aprovechamiento, esas manitas que apenas tienen carne pero están hechas de colágeno puro y regalan una textura melosa imposible de imitar. Por otro la pepitoria, salsa de herencia andalusí documentada en la cocina española desde el siglo XVI, ligada con un majado de almendra, ajo frito, azafrán y yema de huevo cocido que la vuelve amarilla, aterciopelada y profundamente aromática. Es un guiso humilde en el ingrediente y señorial en el resultado, de los que exigen cuchara y pan.

Tiempo Total
3 h 30 min
Dificultad
Medio
Raciones
4 personas
Comensales
4

Preparación Paso a Paso

8 pasos · 3 h 30 min
01

Paso 01

Repasa las 8 manitas con una puntilla y chamúscalas sobre la llama si ves restos de pelo, hasta que la piel quede lisa y pálida. Cuece los 2 huevos 10 minutos en agua hirviendo, enfríalos en agua con hielo y sepáralos: reserva las yemas y pica las claras. Tuesta los 0,2 g de azafrán 45 segundos en una sartén seca a fuego muy bajo, hasta que las hebras crujan al tocarlas y desprendan aroma a heno.

Consejo: El azafrán guarda tres compuestos con papeles distintos: la crocina, un carotenoide hidrosoluble que aporta todo el color amarillo; la picrocrocina, responsable del amargor; y el safranal, que da el aroma característico y no está apenas presente en la hebra cruda, sino que se genera al degradarse térmicamente la picrocrocina. Por eso un tostado muy suave, por debajo de 70 °C y menos de un minuto, multiplica el perfume mientras rebaja el amargor. El error es acercarlo demasiado al fuego: en cuanto las hebras se oscurecen y huelen a quemado, la crocina se destruye y la salsa sale pálida y áspera.

02

Paso 02

Pon las manitas en una olla, cúbrelas con agua fría, añade las 2 hojas de laurel, 100 g de la cebolla en dos trozos y 4 g de sal. Lleva a ebullición, desespuma y baja a fuego muy suave, entre 85 y 90 °C, con burbujeo apenas perceptible, durante 2 horas y media, o 45 minutos en olla exprés. Estarán listas cuando el hueso se desprenda solo al tirar de él. Reserva 500 ml del caldo colado.

Consejo: Las manitas son colágeno tipo uno casi puro, unas fibras tan resistentes que en crudo resultan incomestibles. A partir de los 70 °C, y de forma eficiente entre 85 y 90 °C, esas triples hélices se desnaturalizan e hidrolizan y se convierten en gelatina soluble: ahí está la textura melosa y también la ligazón natural del caldo, que gelifica al enfriarse. El proceso es lento y depende del tiempo, no de la intensidad del fuego, así que hervir a borbotones no acelera nada; lo único que consigue es emulsionar la grasa fundida en el agua y dejarte un caldo turbio y graso imposible de aclarar.

03

Paso 03

En una cazuela ancha calienta 40 ml del aceite a fuego medio. Fríe 2 dientes de ajo enteros, unos 10 g, hasta que estén dorados por fuera, retíralos y resérvalos para el majado. Añade los 100 g de cebolla restantes muy picados y sofríe 12 minutos removiendo, hasta que pierdan el volumen y tomen un tono ámbar. Incorpora los 15 g de harina y rehógalos 2 minutos, hasta que huelan a galleta y no a crudo.

Consejo: El sofrito largo no es solo cuestión de ablandar. Al perder agua, la cebolla concentra fructosa y glucosa y, con los aminoácidos liberados, arranca la reacción de Maillard por encima de 140 °C: de ahí el color ámbar y el fondo dulce y tostado que sostiene la pepitoria. La harina se rehoga después por un motivo físico preciso: los gránulos de almidón quedan recubiertos de aceite y así se dispersan uno a uno al añadir el líquido, en lugar de aglomerarse en grumos que ya no se deshacen. Ese par de minutos también elimina el sabor a harina cruda, que es astringente y delata el guiso.

04

Paso 04

Sube el fuego y vierte los 150 ml de vino blanco seco, raspando el fondo con una cuchara de madera. Deja reducir de 4 a 5 minutos, hasta que el olor punzante a alcohol desaparezca y el líquido se vea espeso y brillante. Añade los 500 ml de caldo de las manitas y 200 ml del caldo de ave, remueve y cuece 5 minutos a fuego medio hasta que espese ligeramente. Incorpora las manitas y baja el fuego.

Consejo: El vino cumple dos funciones. El etanol es un disolvente de compuestos aromáticos que el agua no arrastra, así que recoge los restos tostados pegados al fondo de la cazuela y los reincorpora a la salsa. Y al reducir por encima de los 78 °C ese etanol se evapora, dejando solo los ácidos tartárico y málico y los ésteres frutales; si no reduces lo suficiente, el alcohol residual aporta un punzante amargo que no desaparece después. En esos mismos minutos el almidón de la harina gelatiniza entre 60 y 80 °C, hincha sus gránulos y da a la salsa el primer cuerpo.

05

Paso 05

En un mortero, maja los 50 g de almendra marcona tostada con los 2 ajos fritos y 4 g de sal hasta obtener una pasta de grano fino y aceitosa. Añade el azafrán tostado desmenuzado entre los dedos y las 2 yemas de huevo cocido, y sigue majando hasta que la mezcla tome un color amarillo uniforme. Afloja con 3 cucharadas del caldo caliente de la cazuela, removiendo hasta lograr una crema fluida y sin grumos.

Consejo: El mortero aplasta y desgarra, y ese gesto rompe las paredes celulares de la almendra liberando su aceite, más de la mitad de su peso, que quedará suspendido en la salsa aportando cuerpo. Una picadora eléctrica corta en lugar de aplastar, calienta la pasta y extrae mucho menos aceite. La yema de huevo cocido cumple aquí de emulsionante: su lecitina, un fosfolípido con una cabeza afín al agua y colas afines a la grasa, se coloca en la interfase y mantiene dispersadas las gotas de aceite y grasa. Aflojar el majado con caldo caliente evita que se agarrote al entrar en la cazuela.

06

Paso 06

Baja el fuego al mínimo, hasta que la salsa deje de burbujear, e incorpora el majado en tres tandas removiendo con movimientos envolventes. Mantén entre 75 y 80 °C durante 8 o 10 minutos, moviendo la cazuela en vaivén para emulsionar. La pepitoria estará en su punto cuando adquiera un amarillo dorado uniforme, brille y napa el dorso de una cuchara dejando un surco limpio al pasar el dedo.

Consejo: Aquí se juega el plato. Las proteínas de la yema, livetinas y lipoproteínas de baja densidad, coagulan a partir de 65-70 °C en estado puro y, diluidas en la salsa, resisten algo más, pero por encima de los 85 °C se agregan formando grumos visibles y expulsan agua: es la salsa cortada, con puntitos amarillos en un líquido claro, y no tiene arreglo. Manteniendo la temperatura entre 75 y 80 °C la lecitina emulsiona sin que las proteínas cuajen. El vaivén de la cazuela, en lugar de las varillas, cizalla la salsa lo justo para dispersar la grasa sin romper las manitas.

07

Paso 07

Calienta los platos hondos de cerámica gris con agua caliente y sécalos. Reparte 2 manitas por comensal en el centro, con la parte más carnosa hacia arriba, y napa con 4 o 5 cucharadas de pepitoria bien caliente, dejando que resbale por los lados hasta formar un espejo amarillo en el fondo del plato. La salsa debe cubrir sin llegar a sumergir las manitas del todo.

Consejo: La gelatina que sueltan las manitas empieza a formar red y a cuajar entre 25 y 30 °C, muy por encima de la temperatura de una gelatina de repostería porque su concentración aquí es altísima. Traducido a la mesa: un plato frío convierte una salsa napante en una capa gomosa y compacta en un par de minutos, y el comensal encuentra la pepitoria pegada al fondo en lugar de fluida. Calentar la vajilla resuelve el problema sin tocar la receta. La salsa debe salir de la cazuela a unos 75 °C, nunca hirviendo, para no arriesgar la emulsión de la yema en el último momento.

08

Paso 08

Espolvorea las claras de huevo cocido picadas en dados de 3 mm sobre la salsa, repartidas para que contrasten con el amarillo, y termina con los 5 g de perejil picado y una vuelta del gramo de pimienta negra. Sirve de inmediato, bien caliente, con pan de miga densa al lado. La clara debe verse blanca y nacarada, nunca con el anillo verdoso alrededor de la yema.

Consejo: Ese anillo verdoso que a veces rodea la yema es sulfuro de hierro: aparece cuando la clara se cuece demasiado y su azufre reacciona con el hierro de la yema, y aunque es inocuo delata un huevo pasado de punto, con la clara gomosa por sobrecoagulación de la ovoalbúmina. Diez minutos justos y un choque en agua helada lo evitan y además facilitan el pelado. El perejil se añade siempre crudo y al final: sus aromas, apiol y miristicina, son volátiles muy sensibles al calor y en treinta segundos sobre salsa hirviendo se pierden por completo.

#Española#Medio#3 h 30 min#Foie y Casquería
Maridaje

Verdejo con crianza

Rueda, España

Con cuerpo y notas tostadas, acompaña la pepitoria de azafrán y almendra sin que la delicada salsa lo tape.

Blanco fermentado en barrica

Rioja, España

Untuoso y con volumen, dialoga con la textura gelatinosa de las manitas y la cremosidad del majado.

Tempranillo joven

Cigales, Castilla y León

Fruta ligera y taninos suaves, un tinto de la tierra que realza el guiso de casquería sin dominar la pepitoria.

Galería

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