Sangrecilla de cordero encebollada con comino servida en cuenco de cerámica artesanal sobre tabla de roble, con cebolla dorada, jugo meloso y perejil picado, luz natural desde la izquierda
EspañolaMedio40 min (activa)Foie y Casquería

Sangrecilla de Cordero Encebollada con Comino

La sangrecilla es uno de esos platos de aprovechamiento que la cocina extremeña convirtió en delicadeza. La sangre de cordero, recogida y cuajada, es en el fondo un flan de proteínas: la albúmina y las globulinas que viajan disueltas en el plasma coagulan con el calor entre 65 y 80 °C, tejiendo una red que atrapa agua y da ese sólido tembloroso, tierno y con un característico regusto mineral a hierro por el grupo hemo. Aquí la cortamos en dados, la sellamos hasta dorarla y la casamos con una cebolla cocinada muy despacio, hasta que su azúcar caramelice, y con comino, cuya nota cálida y terrosa —el cuminaldehído— envuelve el fondo ferroso de la sangre. Es un plato humilde, rápido y profundamente sabroso, de los que huelen a cocina de pueblo y a domingo. Con un buen pan para mojar el jugo meloso, no hace falta nada más en la mesa.

Tiempo Total
40 min (activa)
Dificultad
Medio
Raciones
4 personas
Comensales
4

Preparación Paso a Paso

8 pasos · 40 min (activa)
01

Preparar los ingredientes

Corta 600 g de sangre de cordero cuajada en dados de unos 3 cm, con cuidado porque es frágil, y déjalos escurrir sobre una rejilla. Pela y corta 500 g de cebolla en juliana fina. Lamina 3 dientes de ajo. Maja en el mortero 3 g de comino en grano. Pesa 5 g de pimentón dulce y 80 ml de vino blanco, y ten a mano 1 hoja de laurel y 10 g de perejil picado.

Consejo: Escurrir la sangre en rejilla no es un capricho: la superficie húmeda impide que se caliente por encima de 100 °C y jamás llegaría a dorarse, porque toda la energía se gastaría en evaporar agua. Dados demasiado pequeños multiplican las caras que se rompen al saltear; 3 cm es el tamaño que aguanta el meneo sin desmigarse. El comino majado al momento conserva el cuminaldehído, que en polvo envasado lleva meses oxidándose y perdiendo aroma.

02

Pochar la cebolla

Calienta 40 ml de aceite en una sartén amplia a fuego medio y añade la juliana de cebolla con una pizca de sal. Rehógala removiendo cada pocos minutos durante 18-20 minutos, hasta que esté melosa, translúcida y con un tono dorado uniforme. Añade el ajo laminado y el laurel en los últimos 3 minutos.

Consejo: La sal al principio fuerza la ósmosis: la cebolla suelta agua, sus paredes celulares se ablandan y se cocina de dentro afuera sin quemarse por fuera. Los azúcares liberados al romperse las células empiezan a caramelizar hacia los 160 °C, y ese dulzor ámbar es justo el contrapeso del sabor ferroso de la sangre. El ajo se añade tarde porque a fuego medio se quema en un minuto y amarga todo el fondo.

03

Hacer el sofrito

Retira la sartén del fuego un instante y añade 5 g de pimentón dulce y el comino majado; remueve 15 segundos fuera del calor. Devuelve al fuego, vierte 80 ml de vino blanco y deja que evapore el alcohol 2-3 minutos, raspando el fondo. Reserva este sofrito en un bol.

Consejo: El pimentón se añade fuera del fuego por una razón química: sus azúcares y carotenoides se queman en segundos por encima de 140 °C y viran a amargo, arruinando el guiso. El vino cumple dos funciones: su alcohol disuelve compuestos aromáticos que el agua no puede, y al evaporarse arrastra las notas más ásperas; además desglasa los jugos caramelizados pegados al fondo, pura reacción de Maillard convertida en sabor.

04

Sellar la sangre

En la misma sartén (o en otra antiadherente) sube a fuego medio-alto con un hilo de aceite. Cuando esté bien caliente, coloca los dados de sangre sin amontonar y déjalos quietos 2 minutos por cara, hasta que se forme costra dorada. Voltéalos con cuidado, con una espátula y no con cuchara.

Consejo: La sangre ya está coagulada, así que aquí no la cocinas: la doras. La quietud es innegociable, porque cada vez que la mueves antes de que forme costra arrancas la capa que se está sellando y la desmigas. Por encima de 140 °C la superficie entra en reacción de Maillard, y esa costra tostada aporta el contraste y las notas complejas que separan una sangrecilla sublime de una sosa y gomosa.

05

Unir sangre y sofrito

Baja a fuego medio y devuelve el sofrito de cebolla a la sartén, repartiéndolo alrededor y sobre los dados de sangre. Mezcla con movimientos suaves, más de vaivén de sartén que de cuchara, para que todo se impregne sin romper la sangre. Añade un par de cucharadas de agua si ves el fondo seco.

Consejo: A partir de aquí manda la delicadeza: la red proteica de la sangre es tierna y cualquier removido brusco la convierte en puré granuloso. El agua genera vapor que reparte el calor de forma envolvente y evita que la cebolla se pegue y amargue. El objetivo es amalgamar, no triturar: cada dado debe seguir entero, glaseado por el jugo dulce de la cebolla.

06

Ligar el guiso

Deja que el conjunto se caliente y ligue a fuego suave durante 4-5 minutos, moviendo la sartén de vez en cuando. La sangre debe quedar caliente por dentro y la cebolla, brillante y melosa, envolviéndola. Rectifica de sal ahora, probando primero.

Consejo: Rectificar la sal al final es obligatorio: la sangre ya aporta sodio y minerales propios, y salar al principio casi siempre lleva a pasarse. Estos minutos a fuego bajo permiten que los aromas del comino y el pimentón, liposolubles, migren a la grasa del sofrito y se repartan por todo el plato. Un exceso de fuego aquí reseca la sangre y evapora los volátiles del comino, que se pierden por encima de 80 °C.

07

Reposo final

Retira del fuego, esparce 10 g de perejil fresco picado y da un último vaivén. Deja reposar 2 minutos fuera del calor antes de servir, para que los sabores se asienten y la sangre termine de templarse por dentro.

Consejo: El perejil se añade en crudo y al final porque sus aromas herbáceos, como el apiol y la miristicina, son volátiles y el calor los degrada en un minuto. El reposo breve reparte el calor residual hacia el interior de los dados sin seguir cocinándolos, igual que reposa una carne: la temperatura se iguala y la textura se vuelve más uniforme y jugosa.

08

Emplatar y servir

Sirve la sangrecilla bien caliente en cuencos de cerámica, con el jugo meloso de la cebolla napando los dados y una última pizca de comino y perejil por encima. Acompaña con pan rústico para mojar el fondo, que es la mejor parte. Un chorrito de aceite de oliva virgen extra en crudo remata el plato.

Consejo: Servirla al momento importa porque la grasa del sofrito y los jugos de la sangre se mantienen fluidos en caliente y empiezan a solidificar y perder brillo por debajo de 40 °C. El pan no es adorno: su miga absorbe el jugo cargado de hierro, azúcares caramelizados y aromas de comino, y ese bocado final es la síntesis del plato. El aceite crudo aporta polifenoles y frescor que el aceite ya cocinado ha perdido.

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Maridaje

Ribera del Guadiana tinto

Extremadura, España

Tinto de la tierra, con fruta madura y taninos suaves que abrazan el hierro de la sangre sin pelear con él.

Mencía joven

D.O. Bierzo, España

Fruta roja fresca y un punto mineral que dialoga con el regusto ferroso en lugar de taparlo.

Fino en rama

D.O. Montilla-Moriles, España

Su salinidad y sus notas de levadura de crianza biológica cortan la grasa del sofrito y realzan el comino.

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